Miserable de mí, y eso está bien
Hay un versículo en Romanos que me parece uno de los más honestos de toda la Biblia. Y miren que la Biblia es brutalmente honesta en general. Pero este en particular tiene algo que me gusta mucho: lo escribió alguien que ya era cristiano, que ya había tenido encuentros con Dios de proporciones épicas, y aun así escribió esto. Dice Pablo: «Miserable de mí. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». Romanos 7:24. No lo escribió un pagano. Lo escribió el apóstol.
O sea, fijate bien lo que está pasando. Pablo, que plantó iglesias en medio mundo, que escribió la mitad del Nuevo Testamento, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, que convirtió gente por donde pasaba, ese mismo Pablo se sienta a escribir y dice: soy un miserable. No puedo hacer el bien que quiero hacer. El mal que no quiero hacer, ese hago. Estoy en guerra conmigo mismo.
Ahora, ¿eso te consuela o te asusta? Porque a mí me consuela un poco, te juro. Porque yo también me siento así. Me levanto con intenciones buenas, quiero ser paciente con mis hijos, quiero ser generoso, quiero amar a Dios sobre todas las cosas, quiero pensar bien de la gente que me cae mal, y a las dos horas ya estoy fallando en todo eso. Y a veces me pregunto, ¿qué me pasa?
— Nada. Eso es normal. Eso es lo que pasa cuando sos honesto.
El problema no es cuando fallamos. El problema es cuando no lo admitimos. El intérprete de la ley de la parábola tenía exactamente ese problema. Se creía cumplidor. Se creía bueno. Y esa ilusión de bondad propia era lo que le impedía ver que necesitaba a Jesús. Si te sentís bien con vos mismo todo el tiempo, no necesitás salvador. Si nunca llegás al «miserable de mí», tampoco llegás al «gracias a Dios por Jesucristo».
Y ese es exactamente el movimiento que hace Pablo en ese capítulo. No termina en el gemido. Termina en la gratitud. «Miserable de mí... gracias doy a Dios por Jesucristo, Señor nuestro». Ahí está la secuencia. Primero la mala noticia, después la buena. Primero la honestidad, después la esperanza. No al revés. Si arrancás por la esperanza sin pasar por la honestidad, construís algo falso.
Esta semana estuvimos dando vueltas alrededor de eso. La ley que nadie puede cumplir. El orgullo que no deja ver. La imposibilidad real de amar a Dios sobre todas las cosas un solo minuto de manera perfecta. Todo eso lleva acá, a este versículo, a este gemido de Pablo, que en realidad es el gemido de toda persona honesta ante Dios.
Me contaron una vez de un hombre que llevaba veinte años en la iglesia, diácono, líder de célula, todo. Y un día su hijo adolescente, que estaba en un momento complicado, le dijo: «Papá, yo no quiero ser cristiano porque los que conozco nunca admiten que están mal». Eso le cayó como un baldazo de agua fría. Y me dijeron que ese hombre fue al culto el domingo siguiente y pidió el micrófono y dijo delante de todos: «Yo soy un hipócrita. No lo tengo todo resuelto. Y vengo acá porque necesito a Dios, no porque ya llegué». No sé si su hijo se convirtió después, no me dieron ese dato. Pero sé que ese hombre ese día fue más honesto que en veinte años de reuniones prolijas. Y esa honestidad, hermano, es lo que Dios usa. No la fachada.
"¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo sujeto a la muerte? ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! En conclusión, con la mente yo mismo me someto a la Ley de Dios, pero mi carne está sujeta a la ley del pecado."
Romanos 7:24–25 · NVIHoy, que es sábado, antes de que empiece el domingo con todo lo que trae, hacé esto: tomate cinco minutos, sin música, sin teléfono, y sé honesto con Dios. No de la manera en que serías honesto en un culto donde te ve gente. De la manera en que sos honesto cuando estás solo y sabés bien lo que pasó esta semana. Decile lo que fallaste. No para flagelarte, sino para llegar al «gracias doy a Dios por Jesucristo». Nosotros tendemos a saltear el gemido e ir directo a la alabanza, y eso está bien, la alabanza es hermosa. Pero el gemido honesto es lo que le da peso real a la gratitud. Probalo una vez.
Pablo no terminó en el «miserable de mí». Terminó en «gracias». Pero pasó por ahí. Vos también podés pasar por ahí. De hecho, es el único camino que lleva a la gratitud de verdad.
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