Nadie lo hace, y eso incluye a todos nosotros
Mirá, te voy a ser honesto desde el arranque: esta es la parte de la semana donde yo me pongo más incómodo. Porque lo que voy a decir hoy me incluye a mí, primero que a nadie. Y si a las cinco de la mañana estás leyendo esto esperando que te diga que vos sos la excepción, te aviso ya: no sos. Yo tampoco.
El samaritano de la parábola hizo algo extraordinario. Interrumpió su viaje. Bajó de su mula y caminó quién sabe cuántos kilómetros. Le hizo primeros auxilios al tipo con sus propios recursos. Lo cargó. Lo llevó al mesón. Pasó la noche a su lado. Al día siguiente le pagó la estadía, le dijo al mesonero «cuidámelo», y encima prometió volver a saldar cualquier gasto extra.
Ahora te pregunto en serio, sin trampa: ¿vos hacés eso? No con alguien que amás. Con un desconocido. Con alguien que ni te cae bien. Con alguien que quizás despreciás.
— No, pastor, yo no llego a tanto, pero algo hago.
— Bueno, cuánto.
— Y, a veces mando una ofrenda, ayudo a alguien que conozco, doy una mano cuando puedo.
— Eso está bien. Pero eso no es amar al prójimo como a vos mismo. Eso es ser decente ocasionalmente.
Jesús no pide decencia ocasional. Pide que trates a cada persona con el mismo cuidado extremo con que te tratarías a vos mismo. Siempre. Sin excepción. Sin importar quién sea.
Y acá viene lo que a mí me revienta y me libera al mismo tiempo: nadie puede hacer eso. Ni yo, ni vos, ni San Francisco de Asís que regaló todo y se fue desnudo. San Francisco vendió todo, pero tampoco amó a Dios sobre todas las cosas cada segundo de su vida. Nadie pudo. Ningún ser humano en la historia.
O sea, ¿qué es lo que Jesús está haciendo? Le está pidiendo lo imposible para que el tipo se dé cuenta de que necesita ayuda. No para hacerlo sentir mal y listo. Para que entienda que hay alguien que sí lo hizo. Que sí amó a Dios sobre todas las cosas, cada segundo, toda su vida. Y que amó a su prójimo, incluyendo a sus enemigos, incluyendo a los que lo clavaron, incluyendo a los que se burlaron en la cruz, de manera perfecta.
Ese es Jesús. Y la propuesta es confiar en él, no en tu propia capacidad de cumplir.
"¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo sujeto a la muerte? ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! En conclusión, con la mente yo mismo me someto a la Ley de Dios, pero mi carne está sujeta a la ley del pecado."
Romanos 7:24–25 · NVITe pongo un ejemplo de la vida real, el más cercano que tengo. Yo digo que amo a mis hijos más que a nadie. Y creo que es verdad, o que me acerco bastante. Pero les dije cosas que a mí no me gustaría que me dijeran jamás. Los traté mal cuando estaba cansado. Les fallé cuando necesitaban que estuviera. Y eso es a mis hijos, que son los que más amo. ¿Y mi enemigo? ¿El que me difamó, el que buscó mi caída? — Pastor, yo con ese tipo me llevo bien, lo saludo. — ¿Lo amás como a vos mismo? — ... — Exacto. El silencio también es una respuesta. No te condeno. Me incluyo. Pero necesitamos ver eso con claridad antes de entender por qué el evangelio es buena noticia.
"¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? ―El que se compadeció de él —contestó el experto en la Ley. ―Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús."
Lucas 10:36–37 · NVIHoy la aplicación es la más sencilla y la más difícil de la semana: dejá de intentar convencerte de que sos la excepción. No para hundirte, sino para que empiece algo real. El capítulo 7 de Romanos termina con «miserable de mí», pero no termina ahí. El versículo siguiente dice «gracias doy a Dios por Jesucristo». Ese es el movimiento. Reconocimiento honesto, y después gratitud. No al revés. Hoy, si podés, hacé ese recorrido cortito: «no puedo» seguido de «pero hay alguien que pudo, y confío en él».
No podemos amar a Dios sobre todas las cosas ni un solo minuto perfectamente. Y tampoco a nuestro prójimo. Eso no es una acusación, es una liberación. Porque la salvación nunca dependió de lo que podías hacer vos. Siempre dependió de lo que él ya hizo.
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