Hacé la pregunta correcta
Hay una pregunta que lo cambia todo. No "¿cómo voy a pagar el alquiler este mes?" ni "¿cómo hago para que mi pareja me entienda?". Esas son preguntas válidas, no las estoy descartando. Pero hay una que las pisa a todas. Y esta semana nos encontramos de frente con ella.
Un intérprete de la ley se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?». Lucas 10:25. Es la pregunta más importante que puede hacerle una persona a Dios. No cómo ser más próspero, no cómo tener un matrimonio más lindo, no cómo ser más sano. Todo eso es válido, ojo. Pero ninguna de esas preguntas tiene sentido si no tenés respondida la más importante: ¿cuál es el camino hacia una relación correcta con Dios que garantice que voy a vivir para siempre en su presencia?
Si estás bien con Dios. Todo lo demás, absolutamente todo, viene después de eso.
Ahora, hay algo que este hombre tenía mal. No era la pregunta. Era el corazón. Él fue a probarle a Jesús, a tenderle una trampa, a ver si mordía el anzuelo. Pregunta correcta, persona correcta, corazón incorrecto. Y eso, hermano, pasa más seguido de lo que creés. Hay gente que cada domingo está en el culto, que conoce la Biblia de memoria, que sabe citar versículos de corrido, y sin embargo nunca se dejó transformar por lo que leyó. Porque leer no es lo mismo que recibir.
Jesús lo sabía. Y en vez de caer en la trampa, le devolvió la pregunta: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lo leés?». Le llevó a su propio terreno. Y el tipo respondió bien, combinando Deuteronomio 6:5 con Levítico 19:18: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza, con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Perfecto. Jesús le dice: «Bien respondiste. Haz esto y vivirás».
Ahí está la daga. Andá y hacelo. Cumplí eso y sos salvo. ¿Por qué Jesús no le dijo simplemente «creé en mí»? Porque primero había que mostrarle la mala noticia. No hay buenas noticias si no recibís primero las malas. Si vas al médico y te dice «estás perfecto», salís tranquilo y no cambiás nada. Pero si te dice «salió algo en el análisis, necesito que volvás», de repente orás, ayunás, llamás a todo el mundo. La urgencia cambia cuando entendés la gravedad.
Pienso en alguien que conozco bien: yo mismo. Me subo acá a predicar con el traje puesto, el auto estacionado, el aire acondicionado funcionando. Y vine por Brasilia y López. Y había un tipo tirado en la esquina. ¿Paré? No. Me justifiqué: tengo culto, me esperan, es responsabilidad del gobierno. Y vine a hablarle a la gente del amor al prójimo. Así somos. Así soy yo. No te digo esto para que te rías y yo quede bien. Te lo digo porque es exactamente lo que Jesús quería mostrarle al intérprete de la ley: vos te creés bueno, pero mirá bien tu corazón.
"En esto se presentó un experto en la Ley y, para poner a prueba a Jesús, se puso de pie y le hizo esta pregunta: ―Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesús respondió: ―¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo la interpretas tú? Como respuesta el hombre citó: ―“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. ―Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás."
Lucas 10:25–28 · NVIHoy, antes de cualquier otra cosa, hacete esa pregunta: ¿tengo respondida la más importante? No si fuiste al culto esta semana, no si tenés la Biblia subrayada. ¿Tenés una relación real con Dios, o solo conocimiento sobre él? No es lo mismo. Si hay una diferencia entre lo que sabés y lo que vivís, ese es el lugar donde empieza el trabajo. Hoy no hace falta que resuelvas todo. Solo que seas honesto con vos mismo sobre dónde estás parado.
La pregunta más importante no es cómo mejorar tu situación. Es si estás bien con Dios. Todo lo demás, absolutamente todo, viene después de eso.
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