Hay cosas que tenés que aprender a soltar
El niño murió al séptimo día. Esa frase en Segunda Samuel 12:18 no tiene adorno. No dice "lamentablemente" ni "tristemente". Solo dice: murió. Y de golpe, todo lo que David había estado peleando durante siete días ya no tenía vuelta atrás. La pregunta que él enfrentó ese día es la misma que algunos de nosotros llevamos meses, o años, evitando hacernos: ¿esto ya no puede cambiar?
Hay una diferencia enorme entre rendirse antes de tiempo y aceptar lo que ya no puede cambiar. Ayer hablamos de la primera parte, la de seguir luchando mientras hay algo que hacer. Hoy toca la otra, y es más difícil.
Aceptar no significa que no duele. Aceptar no significa que aprobás lo que pasó o que estuvo bien. Aceptar significa reconocer esto: ocurrió, aunque yo hubiera deseado otra cosa. Y eso, para muchos de nosotros, es el movimiento más difícil de toda la vida cristiana.
Eclesiastés 3:4 dice que hay tiempos de llorar y tiempos de reír. Dios nunca prometió que no iba a haber tiempos de llorar. Esa venta del evangelio donde si venís a Cristo todo te va a ir bien, todos los problemas desaparecen, siempre vas a estar contento, eso no es bíblico. Jesús mismo dijo: en el mundo tendréis aflicción. ¿Quién dijo eso? Jesús. No un pesimista, no alguien sin fe. Jesús.
Entonces en los tiempos de llorar, llorá. La Biblia no condena el duelo. David lloró, ayunó, sufrió durante siete días y ningún versículo lo critica por eso. El problema no es el dolor. El problema aparece cuando lo que ya ocurrió empieza a determinar permanentemente todo lo que sos, todo lo que hacés, todo lo que podés soñar. Cuando el duelo deja de ser un tiempo y se convierte en una dirección.
Hay cosas que ya no podemos cambiar. Una oportunidad que se fue. Una etapa que terminó. Una decisión que ya fue tomada. Una puerta que se cerró para siempre. Y hay un momento en que tenemos que preguntarnos con honestidad: ¿estoy procesando lo que pasó, o sigo peleando contra una realidad que ya no puedo cambiar?
"Siete días después, el niño murió. Los oficiales de David tenían miedo de darle la noticia, pues decían: «Si cuando el niño estaba vivo le hablábamos al rey y no nos hacía caso, ¿qué locura no hará ahora si le decimos que el niño ha muerto?». Pero David, al ver que sus oficiales estaban cuchicheando, se dio cuenta de lo que había pasado y les preguntó: ―¿Ha muerto el niño? ―Sí, ya ha muerto —le respondieron."
2 Samuel 12:18–19 · NVIHubo un momento en mi propia vida en que yo quería que una situación terminara de otra manera. Hice todo lo que estaba a mi alcance. Oré, hablé con quien tenía que hablar, esperé. Y saben qué, no pasó lo que yo esperaba. Durante un tiempo seguía dándole vueltas, preguntándome qué podría haber hecho diferente, qué hubiera pasado si hubiera actuado distinto, si hubiera dicho otras palabras. Me torturaba con eso. Hasta que entendí algo, o sea, no fue una revelación grandiosa, fue más bien como cuando te cansás de cargar algo muy pesado y finalmente lo dejás en el piso: yo ya no podía cambiar lo que había pasado, pero sí podía decidir qué iba a hacer a partir de ahora. Eso sí estaba en mi mano.
"tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para estar de luto y tiempo para bailar;"
Eclesiastés 3:4 · NVI¿Hay algo que seguís cargando que ya no podés cambiar? No te estoy pidiendo que lo olvides ni que finjas que no dolió. Te estoy pidiendo que te hagas la pregunta en serio: ¿esto todavía está abierto, o ya está cerrado y yo me niego a verlo? Soltar no es traición a lo que fue. Soltar es elegir que lo que ocurrió no va a tener autoridad absoluta sobre todo lo que todavía queda por vivir. Hoy, en oración, podés decirle a Dios con honestidad dónde estás parado. Él ya lo sabe, pero vos necesitás decírtelo a vos mismo también.
No todo lo que perdiste podés recuperarlo. Eso es categórico y duele. Pero no tenés que perder también todo lo que todavía tenés por delante por no animarte a soltar lo que ya se fue. Dios te dice lo mismo que le dijo a David en silencio ese séptimo día: soltá, aceptá, y avanzá. No porque sea fácil, sino porque él va delante.
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