La tumba no tiene la última palabra
Cinco de la mañana, domingo. El día que para muchos es el más cargado espiritualmente de la semana, y a veces el más extraño, porque llegás con todo lo que cargaste los seis días anteriores y encima se supone que tenés que estar bien. Bueno, te digo algo antes de arrancar: no tenés que estar bien para encontrarte con Dios. David no estaba bien cuando fue al templo. Estaba roto. Y fue igual.
Esta semana hicimos un recorrido que no fue fácil. Lunes: mientras hay algo que hacer, hacelo. Martes: hay cosas que tenés que aprender a soltar. Miércoles: levantate del suelo y volvé a Dios. Jueves: no te quedés mirando el uno cuando Dios ya te dio diez. Viernes: sentate a la mesa que él ya preparó. Ayer: aunque caí, me levanto.
Siete días, una sola historia: David, un niño que muere, y un hombre que en medio del dolor más profundo hace algo que nadie esperaba. Se levantó. Se bañó. Fue al templo. Adoró.
Pero hoy quiero ir más lejos que David, porque nosotros podemos ir más lejos que David. Él vislumbraba algo que nosotros ya conocemos con nombre y apellido.
Al final de todo lo que predicó esta semana, apareció algo que lo resume todo: nuestra esperanza no termina en la pérdida. No termina en el niño que murió, en el matrimonio que se rompió, en el negocio que fracasó, en la puerta que se cerró. No termina ahí.
La historia central de nuestra fe también pasa por dolor, por pérdida, por muerte. Jesús fue rechazado, fue traicionado, fue azotado, fue crucificado. Y durante unas horas, los que lo amaban estaban tirados en el piso igual que David, sin entender nada, sin saber qué hacer. Ese viernes parecía el final.
Pero el evangelio no termina en un viernes. El tercer día, Cristo resucitó. Y eso cambia todo. No porque borra el dolor que pasó, sino porque le pone un límite. La muerte no tiene la última palabra. La pérdida no tiene la última palabra. El fracaso no tiene la última palabra. Él tiene la última palabra. Siempre.
Por eso el creyente puede llorar, sí. Puede estar en el piso, como David. Puede no entender lo que pasó. Pero no puede quedarse ahí para siempre, porque tiene algo que el mundo no tiene: una tumba vacía que sigue anunciando que Dios no terminó de escribir la historia.
La fe madura, escuchame bien, no consiste en comprenderlo todo. Consiste en saber a quién acudir cuando no podés comprender nada. Y el único a quien podés acudir cuando todo se cae es Dios mismo.
"Entonces dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!»."
Job 1:21 · NVI"Entonces David se levantó del suelo y enseguida se bañó y se perfumó; luego se cambió de ropas y fue a la casa del Señor para adorar. Después regresó al palacio, pidió que le sirvieran alimentos y comió."
2 Samuel 12:20 · NVIYo me acuerdo de una situación en mi propia vida, ya lo mencioné de pasada esta semana, donde hice todo lo que estaba a mi alcance por algo que quería que saliera de determinada manera. Oré, hablé con las personas que tenía que hablar, esperé, insistí. Y no pasó lo que yo quería. Punto. Y por un tiempo seguí dándole vueltas, preguntándome qué podría haber hecho diferente, torturándome con el "y si hubiera…". Hasta que en algún momento, no fue una revelación dramática ni nada de eso, simplemente entendí algo: yo no podía cambiar lo que había pasado, pero sí podía decidir qué iba a hacer a partir de ese momento. Eso sí estaba en mi mano. Y me levanté. No fue olvidar. No fue fingir que no dolió. Fue decidir que lo que ocurrió no iba a tener autoridad absoluta sobre todo lo que me quedaba por vivir. Y lo mejor de mi vida, te lo digo sin exagerar, se escribió después de eso.
"Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo."
Juan 16:33 · NVIHoy, antes de que arranque el domingo, te hago una sola pregunta: ¿en cuál de los tres momentos de esta semana estás vos ahora mismo? ¿Estás en el lunes, orando por algo que todavía puede cambiar y necesitás seguir insistiendo? ¿Estás en el martes o el miércoles, y Dios te está hablando de que ya es hora de soltar y levantarte? ¿O estás en el jueves o el viernes, con diez bendiciones en la mano pero los ojos todavía puestos en el uno que perdiste? No hay respuesta correcta universal. Pero hay una respuesta honesta para cada uno. Nosotros la sabemos, aunque a veces no queramos decirla en voz alta. Decísela a Dios hoy. Él ya la sabe, pero algo pasa cuando vos la decís.
Esta semana entera fue sobre una sola cosa: que Dios no terminó de escribir tu historia. David se levantó del piso, volvió al templo, y lo mejor de su reinado estaba por venir. Cristo salió de la tumba, y el mundo nunca fue igual. Vos también podés levantarte. No porque seas fuerte. Sino porque él lo es, y está con vos.
Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® | © 1999, 2015, 2022 por Biblica, Inc. | Usado con permiso. Reservados todos los derechos en todo el mundo.
Textos bíblicos provistos por API.Bible
Comentarios
Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tu comentario será revisado antes de publicarse.