Tu mente no para. Entonces, dirigila.
Dormiste, pero soñaste. Te despertaste, y en menos de treinta segundos ya tenías tres problemas girando en la cabeza. Eso no es ansiedad clínica necesariamente, eso somos nosotros. Nuestra mente no descansa nunca. La pregunta no es cómo apagarla. La pregunta es hacia dónde la apuntás.
Hay algo que me dijo un médico esta semana que se me quedó grabado. Me dijo: «Está comprobado que vivís en un estado de tensión acumulada que ni percibís, porque ya se volvió normal». Y tenía razón. Te vas a hacer un masaje y el profesional te toca el cuello y dice: acá tenés un empedrado. Pero vos pensabas que estabas bien. Eso es lo que hace el estrés crónico: te anestesia mientras te destruye.
Ahora, ¿cuál es la raíz de eso? No es solo el teléfono, aunque el teléfono agrava todo. La raíz es que no disciplinamos el pensamiento. Dejamos que la mente vaya sola, y la mente sola siempre va hacia el problema, hacia la comparación, hacia el miedo. Siempre. Es su inercia natural desde la caída.
El apóstol Pablo sabía esto. No lo sabía como teoría, lo sabía desde la cárcel, desde los azotes, desde los naufragios. Y escribió algo que parece simple hasta que lo intentás: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7).
Fijate lo que dice. No dice «resolvé tus problemas». Dice presentáselos a Dios con acción de gracias, y el resultado es la paz. La paz guarda el pensamiento. O sea, el orden es: oración con gratitud primero, paz después, y esa paz es la que custodia tu mente. No al revés.
Charles Spurgeon, que era un predicador inglés del siglo XIX y sufrió toda su vida de gota, una enfermedad que le daba dolores tan brutales que había semanas que no podía dormir ni una hora seguida, decía algo que nunca me olvidó: «Cuando te vengan pensamientos de tristeza, de rabia, de enojo, usalos como leña para avivar el fuego de tu relación con Dios, no para amargarte». En vez de darle vueltas al problema, se lo entregás a Dios. Tomás ese pensamiento que te agobia y lo convertís en oración. Es lo mismo, pero el destino cambia todo.
Yo me despierto y lo primero que me viene son los problemas del día. Los desafíos, las reuniones, la persona que me escribió algo que no me cerró. Estoy cansado antes de levantarme. Entonces lo que hago, y esto lo aprendí a los golpes, es salir al baño hablando. Señor, hoy va a ser un día de bendición en el nombre de Jesús. Gracias, gracias, gracias. Te bendigo, Padre. Me río de mí mismo haciéndolo, o sea, a veces me enojo conmigo mismo porque mi mente quiere irse al problema y yo la traigo de vuelta. Pero eso es disciplina. No es que me sale natural. Me cuesta. Y aun así lo hago porque sé lo que pasa si no lo hago.
"No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús."
Filipenses 4:6–7 · NTVProbá hoy con lo que se llama jaculatorias, oraciones cortas que repetís cuando viene el pensamiento pesado. No es magia, es disciplina del pensamiento. Puede ser un versículo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Puede ser una frase: «Señor, en ti confío». Lo que sea que te ancle. Cuando venga el pensamiento que te agobia, en ese momento, ahí nomás, lo convertís en oración. No después, no cuando tengas tiempo. Ahí. Hacelo hoy, una sola vez, y fijate qué pasa.
No podés apagar la mente. Pero podés elegir adónde va. Spurgeon lo aprendió entre dolores que vos y yo no conocemos. Si él pudo, vos también podés. La disciplina mental no es un lujo espiritual, es supervivencia.
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