Usá lo que te agobia como leña para el fuego
Está bien, llegó el viernes. Y probablemente llegaste cargado. No con una cosa grande, sino con el acumulado de la semana: el mensaje que no te respondieron, la conversación que se cortó mal, algo que dijiste y no tendrías que haber dicho, algo que no dijiste y tendrías que haber dicho. Ya sabés cómo funciona esto. El viernes te encuentra con todo eso encima.
Esta semana estuvimos dando vueltas alrededor de lo mismo: la mente. La mente que no para, los pensamientos que te secuestran, la sobrecarga de información que te deja emocionalmente en cero. Y hoy quiero darte algo concreto, no solo una idea bonita para pensar.
Hay una cosa que dijo Spurgeon que no me puedo sacar de la cabeza. Este tipo sufrió de gota toda su vida. No sé si entendés lo que es la gota: cristales que se forman en las articulaciones, un dolor que te paraliza días enteros. Él tenía semanas que no dormía ni una hora seguida. Murió a los 57 años. Y aun así era el predicador más influyente de su siglo.
Le preguntaron cómo manejaba los pensamientos oscuros. Y él dijo algo que parece sencillo y no lo es: cuando te vengan pensamientos de tristeza, de rabia, de enojo, usalos como leña para avivar el fuego de tu relación con Dios, no para amargarte.
Mirá lo que está diciendo. No te está pidiendo que ignores el pensamiento. No te dice «pensá en otra cosa» ni «distraete». Te dice: agarrá ese pensamiento que te pesa, ese problema que te da vueltas, ese nombre que te aparece cada vez que querés estar tranquilo, y convertilo en oración. Hacelo combustible. En vez de darle vueltas seco, soltalo hacia arriba.
Eso es lo que Pablo llama «presentar vuestras peticiones delante de Dios». No es un trámite espiritual. Es exactamente esto: agarrás lo que te está aplastando y lo ponés en otras manos. Y el resultado, dice Pablo, no es que el problema desaparece. Es que la paz de Dios guarda tu pensamiento. Custodia tu mente. Eso vale más que la solución rápida.
Tengo un amigo que sufre muchísimo. No voy a dar detalles porque no son míos para dar, pero él carga con una situación de salud que ya lleva años. Una vez le pregunté, porque me llama mucho la atención, no le escucho quejarse casi nunca. Le pregunté cómo hace. Y me dijo, así, seco: «Si no fuese por la oración, yo me moriría hoy. Oro, oro, oro, oro. Estoy con Dios, escucho prédicas, estoy con Dios, disciplino mi mente.» Y después me dijo algo que me dejó callado: «Yo ya aprendí que cada vez que me viene el pensamiento pesado, tengo dos opciones. O me lo quedo y me pudro, o se lo doy a Dios y sigo.» No es resignación. Es una decisión activa que toma todos los días.
"No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús."
Filipenses 4:6–7 · NVIBueno, ¿qué hacemos con esto? Hoy, en algún momento del día, te va a venir un pensamiento que te pesa. Puede ser a la mañana, puede ser a las tres de la tarde, puede ser cuando estés manejando. Y en ese momento vas a tener la tentación de darle vueltas, de construir el escenario completo de por qué todo está mal. No lo hagás. Agarrá ese pensamiento y convertilo en oración ahí mismo. Dos minutos, tres minutos. No hace falta que sea elocuente. No hace falta que sea larga. «Señor, esto me pesa. No sé cómo resolverlo. Te lo entrego. Dame paz mientras dura.» Eso es todo. Spurgeon lo hacía con gota en las rodillas. Vos podés hacerlo en el auto un viernes a la tarde.
El campo de batalla es la mente. Siempre fue la mente. Y la buena noticia es que no tenés que ganar la batalla solo, ni de una. Solo tenés que aprender a redirigir: en vez de darle vueltas al problema, le das vueltas a Dios. Eso es leña. Eso es fuego.
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